domingo, 15 de marzo de 2015

Sobre la subjetividad en el cine (anotaciones sin rumbo)

         Rohmer dice, a propósito del cine subjetivo, que "es mucho más interesante suscitar lo invisible a partir de lo visible que intentar inútilmente visualizar lo invisible". Es una afirmación acertadísima, pero pienso que la gracia de un film subjetivo es simplemente confrontar con el espectador, enseñarle las cosas de una forma absurda y caprichosa. Es cierto que de ningún modo se estará relacionando con la propia subjetividad del espectador, ni el espectador entenderá las cosas de otro modo (e incluso las entenderá peor). Por ejemplo, el surrealismo está fundado en la inconsciencia y etcétera, pero entonces la subjetividad para el espectador, al momento de ver la película, termina por reducirse ante una obra que ya es de por sí subjetiva. El único elemento onírico proviene del director, que caprichosamente pone en práctica lo que él figuró en su inconsciente, pero esto no significa nada para el espectador. Por eso F. Wallace decía que Lynch era egotista, porque lo que muestra es su imagen personal, ajena a cualquier otra, y única dueña de la subjetividad, que queda circunscrita al film y al director y se le escamotea cruelmente al espectador. En este sentido, es contraproducente. Pero además, hay casos extremos y pésimamente hechos en los cuales cualquier lazo entre lo que ve el espectador y lo que sucede en la pantalla se torna imposible de estrechar. Es decir, la película se convierte en una sucesión de imágenes ininteligibles, en la asistencia a la masturbación del director, que, por cierto, por lo general tampoco es excitante.
         Sí, en cambio, es buena la subjetividad como excusa para crear películas absurdas que desde su absurdidad brinden sensaciones extrañas o, más bien, nos conduzcan a sensaciones conocidas por medios extraños. Esto, sin embargo, siempre y cuando se guarde un sistema de relaciones objetivo y comprensible. En realidad, en una película subjetiva, lo que menos importa es que sea subjetiva. El rótulo es una convención, pues no hay en realidad necesidad de imponerlo. Lo que uno ve en la pantalla siempre lo verá de forma objetiva; la subjetividad la aportará por propia cuenta, así que la aspiración a dar subjetividad, es como la aspiración a meter nostalgia en una cápsula, o cosas así, abstractas, lo que, hasta lo que sé, resulta imposible. Las películas más objetivas, es decir, las que no le plantean el desafío al espectador de discernir lo que es real y lo que no y perderse así en conjeturas insoportables y vacías, son, paradójicamente, las más subjetivas (esto suponiendo una buena película, claro). Apoyo, repito, el cine de impresiones arbitrarias, de emociones, además de irracionales, ridículas; pero esto sólo es posible si desde un principio se deja en claro las intenciones del film: si desdeñará por completo la trama y carecerá absolutamente de ésta o si será subjetiva en aspectos definidos y mantendrá una apariencia objetiva en otros. Pretender jugar con los límites de objetividad y subjetividad que el espectador lucha por trazar como requisito para asimilar la obra (este intento inconsciente es común a todos y sucede en cualquier caso), de manera que el acto de la visualización se convierta en un acertijo, es una de las peores determinaciones que puede tomar un film y está destinado al fracaso.

El nabo de Obdulio