sábado, 21 de febrero de 2015

Destellos de lucidez salvan Birdman

          Vamos a analizar Birdman, la película de Alejandro González Iñárritu estrenada en octubre de 2014, desde dos perspectivas, dos planos que desarrolla la película paralelamente y con esencias intrínsecas. Y que, como todas las paralelas, no se tocan. En realidad, podríamos decir que todos los films contienen estos dos planos: el propiamente “filmográfico”, es decir, el de la cámara y las imágenes, el “técnico”; y el narrativo, es decir, el que comprende la historia misma, los diálogos, los personajes e, incluso, agreguémosle las interpretaciones.
          El título de esta crítica dice: destellos de lucidez salvan Birdman. ¿De qué la salvan? De la misma mierda yanqui comercial de siempre. La historia trasunta una crítica, o más bien una reflexión, de cierto interés y originalidad: es el enfrentamiento entre la noción snobbish del cine comercial que tienen los críticos y todo el ámbito artístico medianamente culto acerca de las películas comerciales de superhéroes y, por consiguiente, de los actores que protagonizan a los superhéroes, con la idea de que el arte verdadero sólo anida en el off o en ámbitos ilustrados. (La antítesis entre los dos conceptos es tan vieja que se remonta al latín: negotium, es decir, negocio, es la negación de otium, es decir, ocio). El protagonista encierra, en sí mismo, ambos conceptos: por un lado, lo encontramos en el tiempo del relato intentando acercarse al arte a través del teatro, muy a sabiendas del prestigio que eso conlleva. Por el otro, vemos en él el irreprimible deseo de recobrar la fama por medio de lo que constituye su esencia negada: el famoso superhéroe que lo ha lanzado al estrellato. La pregunta parece ser si Riggan, un actor de masas sin aparente talento artístico, se vuelca al teatro en la búsqueda de un verdadero producto artístico (falto en toda su carrera y en contraposición con Birdman) o si tan sólo aspira, como le echa en cara la hija drogadicta, a recobrar la fama perdida a través de adaptaciones pretenciosas.
          Pero dejemos por un momento la reflexión subyacente para concentrarnos en cómo es desarrollada mediante los personajes, los diálogos y las actuaciones. Es éste el punto más flojo de Birdman. Los personajes, a pesar del evidente intento de los guionistas de dotarlos de cierta singularidad, repiten el prototipo basura hollywoodense, sus clichés, sus sentimentalismos falsos y superfluos. Exceptuando, sólo hasta cierto punto, al protagonista, Riggan, el resto constituye una legión de personajes sacados de la austera fuente de personalidades con la que Hollywood convida a sus guionistas una y otra vez: la hija drogadicta de padre ausente que en el fondo lo quiere y lo comprende pero le guarda un profundo y entendible rencor, el actor que por ser rarito (y lindo y canchero) es un gran actor y representa al arte mismo, la esposa comprensiva que aún lo ama pero que se ve obligada a dejarlo y la típica crítica resentida pero finalmente honesta que cambiará de parecer en un final calcado de Ratatouille. Como no podía ser de otro modo, las interacciones entre los personajes son igualmente toscas. La película está plagada de diálogos pésimos y no me atrevería a destacar ninguno, exceptuando tal vez los diálogos internos de Riggan, que son más entretenidos que otra cosa. Los guionistas recurren a la vieja táctica de poner en palabras de un personaje, casi citando, la reflexión que debía darse paulatinamente con el desarrollo de la película, y no a través de diálogos que parecen leídos. Toda la intención del film queda a la vista con sólo prestar atención a las palabras del alter ego superhéroe de Riggan, a la señora crítica, a la discusión con la hija y a algunos dichos de Mike, el actor –no tan- rarito.
          Pero como los diálogos y los personajes no bastan para consumar la ineptitud, los actores de Birdman se ocupan de constatar que todo el plano narrativo de la película sea realmente malo y vulgar. En efecto, la fusión que por momentos completan estos tres elementos es insoportable. Lo peor de todo está en esas charlas en la terraza entre Mike y la hija de Riggan que nos hacer querer empujarlos de una vez para que continúen su flirteo en otra parte (y fuera de la pantalla). La actuación de Emma Stone me enerva; tiene suerte de estar buena. El resto del elenco me ha disgustado profundamente, con la excepción ocasional de Zach Galifianakis (más por humorista que por buen actor) y de Michael Keaton (muy de vez en cuando). Las escenas entre Riggan y su ex-esposa no sólo son pésimas: aburren intolerablemente. Naomi Watts consigue finalmente granjearse mi aborrecimiento en ciernes.
          Como en toda película de Hollywood, en Birdman no escasean intentos superfluos de crítica social. La crítica a la moderna tendencia de registrarlo todo mediante nuestros celulares no sólo es vulgar y pretenciosa, sino que además se desarrolla de una manera tan deforme e incompleta que termina resultando patética. Se suma a ésta la crítica reaccionaria de Riggan a las redes sociales, que, mal tratada, queda inconclusa y vacía.
          Volvamos entonces a analizar la reflexión en sí misma, sabiendo ahora lo mal llevada que está. Las escenas finales son elocuentes: Riggan consigue, de un modo algo incomprensible, que su obra de teatro sea arte; aspiración que, aunque en ningún momento queda claro, había perseguido desde un principio. Una vez que lo logra, es decir, una vez que siente sobre el escenario todo ese vigor artístico que aparentemente andaba buscando, decide suicidarse. En otras palabras, Riggan finalmente consigue esa completitud artística que se plantea al principio. La reflexión radica en cómo la consigue. Durante las escenas previas al estreno de la obra, y durante las escenas posteriores, el alter ego superhéroe cobra su mayor protagonismo; Riggan parece asumir lo que en realidad es: ese héroe alado que sobrevuela Nueva York. Ahora bien: con la aceptación de su identidad de actor taquillero a cuestas, Riggan da el mejor espectáculo de su vida, dejando atónita a la crítica, inaugurando el “súper-realismo” y haciendo arte genuino desde la ignorancia (“la inesperada virtud de la ignorancia”). Sólo una vez que reconoce su verdadera identidad, en vez de reprimirla, se vuelve capaz de hacer arte. Birdman en realidad es la reivindicación del individuo, no la reivindicación de un género como el de superhéroes. Riggan es el ejemplo de que incluso un actor comercial es capaz de hacer arte y de que una película de superhéroes (o comercial en general) podría esconder una veta artística. Pero de ningún modo se quiebra la antítesis negocio-arte. Riggan es ahora un verdadero artista, y como tal desdeñará el dinero y la fama. Por eso, una vez que alcanza su esplendor, que aparece en la portada del diario, que está en boca de todos, decide suicidarse. Su anhelo no es la fama; es el arte por el arte, y ahora que lo ha conseguido, todo lo demás no importa. La conclusión del “camino espiritual” del protagonista le permite notar que la popularidad, que era lo que en principio parecía moverlo a encarar el proyecto de una obra de teatro, no tiene importancia en contraste con el verdadero arte. En realidad, Birdman sólo refuerza la oposición que, a simple vista, pareciera intentar destruir. Lo único que es verdaderamente novedoso en su reflexión es la admisión de las posibilidades artísticas del cine comercial, siempre y cuando sea posible desprenderse del prejuicio que acosa hasta al propio protagonista.
          Desde el punto de vista filmográfico, en cambio, Birdman me ha gustado. Incluso me ha dado la sensación de que son distintos directores los que desarrollan el primer y el segundo plano. El modo de llevar a cabo la historia de la que se dispone es muy interesante. Por empezar, es llamativa la libertad que se toma el director a la hora de manipular los tiempos y los matices de realismo. Si bien con el correr de la película se vuelve algo redundante, nunca deja de ser atractivo. De algún modo, es el mejor soporte ideológico que le encuentro: el rechazo de una forma estricta y súper-realista a la hora de desarrollar la narración es lo que la salva de la solemnidad que hubiera sido devastadora, y es la señal del director de que todo el mensaje que se ha empeñado en desplegar en realidad podría ser una estupidez (mensaje que, por cierto, todos sentimos la necesidad de dejar en algún momento: la asunción de la propia e irrevocable ignorancia).
          Tal vez sea esta libertad la que permite al film gozar de esos ratos de lucidez. Por un lado, nos encontramos con una fotografía bastante atrayente: es cierto que la alta calidad de las imágenes es de por sí encantadora, pero los recovecos de los camarines, los camarines mismos, las luces teatrales, Nueva York (no falla nunca) y algunos encuadres, son dignos de ver. Sin embargo, mi mención especial se la lleva la movilidad de la cámara, que cuando abandona la obsesiva persecución de los personajes, adquiere unas profundidades y unos impulsos casi autónomos que me han complacido. Es la vitalidad de una película que, de otro modo, sería del todo insulsa; es la que lleva el ritmo, es la mismísima batería (que aplaudo, por cierto) marcando el pulso de las correrías del detrás de escena. Es esta experimentación (si vale el término), concluyendo, la que me mantuvo expectante durante casi dos horas.
          En efecto, parece que el cine comercial estadounidense está condenado a caer una y otra vez en los lugares comunes, aunque ello no le quita mérito a ese film secundario que asoma sin llegar a asumir el pleno control. Una película más interesante que buena, pero interesante al fin.

Obdulio