lunes, 23 de febrero de 2015

Dune: el capricho galáctico de David Lynch

Lynch parece ser de esas escasas personas que gozan de acceso a su propio inconsciente.
David Foster Wallace

         David Lynch debe ser una de esas personas que se dan los gustos en vida. Su filmografía es variada y experimental como pocas. La libertad con la que encara sus películas ha tenido resultados que, más allá de cualquier preferencia personal, siempre han sido interesantes. Dune es la película que estrena en 1984 entre la hermosísima The Elephant Man, de 1980, y la genialidad que es Blue Velvet, de 1986.
Comencé a ver la película sin saber de qué se trataba y debo confesar que, de no haber sido por Lynch, la habría dejado de ver a la media hora. Si bien no soy afín a la ciencia ficción, no dejaría de ver una de estas películas si me aseguraran que vale la pena. Pero Dune, me atrevería a decir, es en su género una mala película. Desde el principio, el hilo de la historia se me fue deshilachando y, salvo la trama más gruesa, no lo recuperé nunca. De modo que de la novela homónima escrita por Herbert en 1965 en la cual se basa el film, y la adaptación misma de Lynch, en su diégesis y en su contenido, se me escapa en su mayoría. Aun así, la característica típica de la ciencia ficción es evidente en Dune: la recreación de un conflicto fundamentalmente político y con intereses y personajes análogos a los del mundo contemporáneo (1984, Guerra Fría) en un universo –en principio- remoto (año 10000) de dimensiones exorbitantes, de planetas que interactúan diplomáticamente y, especialmente, de buenos y malos (y lindos y horrendos). Se suma también el tema del Elegido, de los poderes sobrenaturales y, por último, se agrega algún tipo de apuesta por parte del autor con respecto al futuro: la utopía o la distopía. En este sentido, es curioso que Herbert haya previsto la importancia futura del agua ya en la década del ‘60.
En definitiva, Dune no parece alejarse demasiado de los preceptos de la ciencia ficción (la comparación con Star Wars es inevitable), por lo que es sencillo imaginar la decepción de aquellos fanáticos del género que asistieron a su estreno, además del desconcierto que traen aparejadas las primeras visualizaciones de Lynch. Pero al contrario de otras películas, en Dune el desconcierto difícilmente fascine a alguien. Es que como película, Dune es inconsistente y por momentos bizarra, y los elementos lyncheanos que se hallan dispersos no sólo no arraigan en el espectador sino que, en cambio, recortan el sentido general de la obra. Porque este film es el más ordinario de la filmografía de su autor (aun con sus cosas), porque los rasgos que distinguen al director no llegan a fusionarse con la trama, y porque es la única película en la que Lynch actúa y dirige, Dune da la sensación de haber sido concebida como un capricho. Lo más probable es que no lo fuera: era recién la tercera película del cineasta y había firmado para su producción con De Laurentiis. Según Foster Wallace, la película requirió sumas de dinero inauditas para entonces. De modo que, más que un capricho, parece que el film sólo fue un fracaso.
Todas estas cuestiones revisten a Dune más del atractivo de la curiosidad que del de buena película. Cualquier aficionado medianamente avezado habrá alcanzado a distinguir las peculiaridades lyncheanas que por momentos captan la atención del espectador. Aunque a diferencia de otras películas el desarrollo progresivo de una atmósfera onírica y misteriosa que lo encubre todo no está presente en este universo distópico, los sueños y las imágenes premonitorias que se le aparecen obsesivamente al protagonista son una característica típica de Lynch. Aunque no me han encantado, la visión del “Water of Life” o de las terribles arenas de Dune tiene su mérito.
Otra muestra lyncheana se da en la elección de los actores: no sólo nos encontramos con Lynch mismo interpretando unas pocas escenas; también aparece su primer fetiche, Jack Nance, quien había protagonizado años antes Eraserhead y que, con papeles secundarios, aparecería en muchas obras posteriores del autor; protagonizando Dune nos encontramos con un joven Kyle Maclachlan (trabajando por primera vez con Lynch), tan tierno y heroico como en todos los papeles que le seguirían; por último, la presencia de Everett McGill, el mecánico de Twin Peaks. Pero, nuevamente, el efecto de los actores es ínfimo con respecto al efecto que producirían en otras películas: la inocencia de Kyle Maclachlan no significa nada si no hay un submundo intentando corromperlo; la neurosis de Jack Nance pasa por alto en una participación tan reducida (muy similar a la que tendría en Blue Velvet, por cierto).
Sin embargo, hay ciertos elementos destacables dentro de un film deslucido. Lo que más me atrajo fue, por mucho, el aspecto general del lado malvado del universo: la Casa Harkonnen. Las extravagantes escenas dentro de esa sala verde chillón, las actuaciones especialmente repugnantes de los malvados y en especial del gordinflón flotante (sic de mis subtítulos) cuya cutis adolescente es adorada por su médico, el secuaz apático de onda new wave interpretado por ¡Sting!, los cuerpos susceptibles de ser desinflados y, en fin, toda la caracterización de la Casa, son, en mi opinión, el punto álgido del film. Son de remarcar, dicho sea de paso, otro par de imágenes imponentes, a pesar del desperdicio general de las posibilidades que ofrecía per se la trama interplanetaria: el suntuoso recinto del Emperador, la escena en la cual vemos alistado en contraluz al ejército de Paul Modiba y, especialmente, los discursos multitudinarios de Paul en ese escenario gigantesco.
Un último grupo de componentes lyncheanos, acaso algo más sutiles, está conformado por ese sonido espacial aka industrial que de a ratos recuerda a Eraserhead. Al bebé de Eraserhead también nos recuerda el feto monstruoso que aparece ante el Emperador en las primeras escenas. Por último, y aunque quizás sea una pura alucinación mía, creí encontrar ciertas reminiscencias de espiritualismo budista en el poder sobrenatural que ostentan Paul y su madre, especialmente en la energía que encarna la sonoridad de ciertas palabras, como en un mantra. Es conocido el interés de Lynch por el budismo y la meditación trascendental, sobre la cual escribió en su libro Atrapa al pez dorado.
          En conclusión, Dune podría ser una película atractiva para un fanático de David Lynch, pero ni está dentro de sus mejores creaciones, ni es en sí misma una buena película. Es uno más de los tantos experimentos que llevó a cabo el director estadounidense, a quien, por suerte, no le interesan en lo más mínimo opiniones como ésta. Les juro, por otra parte, que me hubiera encantado decir algo mejor y más interesante acerca de la obra de este hombre; pero, ustedes me darán la razón, ni soy capaz de decir algo que aporte a lo que ya ha dicho hace unos cuantos años David Foster Wallace y que pueden leer aquí, ni Dune ha sido la mejor película para alcanzar la inspiración mínima y largarme a escribir impetuosamente. De modo que les dejo esta modesta reseña y, como quien no quiere la cosa, el impagable link al Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer de Wallace que opacará -merecidamente- este texto de mierda.

Obdulio  (¡qué zonzo!)