Lynch parece ser de esas escasas personas que gozan de acceso a su propio inconsciente.
David Foster Wallace
David Lynch debe ser una de esas personas que se dan los gustos en vida. Su filmografía es variada y experimental como pocas. La libertad con la que encara sus películas ha tenido resultados que, más allá de cualquier preferencia personal, siempre han sido interesantes. Dune es la película que estrena en 1984 entre la hermosísima The Elephant Man, de 1980, y la genialidad que es Blue Velvet, de 1986.
Comencé a ver la película sin
saber de qué se trataba y debo confesar que, de no haber sido por Lynch, la
habría dejado de ver a la media hora. Si bien no soy afín a la ciencia ficción,
no dejaría de ver una de estas películas si me aseguraran que vale la pena.
Pero Dune, me atrevería a decir, es
en su género una mala película. Desde el principio, el hilo de la historia se
me fue deshilachando y, salvo la trama más gruesa, no lo recuperé nunca. De
modo que de la novela homónima escrita por Herbert en 1965 en la cual se basa el
film, y la adaptación misma de Lynch, en su diégesis y en su contenido, se me
escapa en su mayoría. Aun así, la característica típica de la ciencia ficción es
evidente en Dune: la recreación de un
conflicto fundamentalmente político y con intereses y personajes análogos a los
del mundo contemporáneo (1984, Guerra Fría) en un universo –en principio-
remoto (año 10000) de dimensiones exorbitantes, de planetas que interactúan
diplomáticamente y, especialmente, de buenos y malos (y lindos y horrendos). Se
suma también el tema del Elegido, de los poderes sobrenaturales y, por último, se
agrega algún tipo de apuesta por parte del autor con respecto al futuro: la
utopía o la distopía. En este sentido, es curioso que Herbert haya previsto la
importancia futura del agua ya en la década del ‘60.
En definitiva, Dune no parece alejarse demasiado de los
preceptos de la ciencia ficción (la comparación con Star Wars es inevitable), por lo que es sencillo imaginar la
decepción de aquellos fanáticos del género que asistieron a su estreno, además
del desconcierto que traen aparejadas las primeras visualizaciones de Lynch.
Pero al contrario de otras películas, en Dune
el desconcierto difícilmente fascine a alguien. Es que como película, Dune es inconsistente y por momentos
bizarra, y los elementos lyncheanos que se hallan dispersos no sólo no arraigan
en el espectador sino que, en cambio, recortan el sentido general de la obra.
Porque este film es el más ordinario de la filmografía de su autor (aun con sus
cosas), porque los rasgos que distinguen al director no llegan a fusionarse con
la trama, y porque es la única película en la que Lynch actúa y dirige, Dune da la sensación de haber sido concebida
como un capricho. Lo más probable es que no lo fuera: era recién la tercera
película del cineasta y había firmado para su producción con De Laurentiis.
Según Foster Wallace, la película requirió sumas de dinero inauditas para
entonces. De modo que, más que un capricho, parece que el film sólo fue un
fracaso.
Todas estas cuestiones revisten a
Dune más del atractivo de la
curiosidad que del de buena película. Cualquier aficionado medianamente avezado
habrá alcanzado a distinguir las peculiaridades lyncheanas que por momentos
captan la atención del espectador. Aunque a diferencia de otras películas el
desarrollo progresivo de una atmósfera onírica y misteriosa que lo encubre todo
no está presente en este universo distópico, los sueños y las imágenes premonitorias
que se le aparecen obsesivamente al protagonista son una característica típica
de Lynch. Aunque no me han encantado, la visión del “Water of Life” o de las
terribles arenas de Dune tiene su mérito.
Otra muestra lyncheana se da en
la elección de los actores: no sólo nos encontramos con Lynch mismo
interpretando unas pocas escenas; también aparece su primer fetiche, Jack
Nance, quien había protagonizado años antes Eraserhead
y que, con papeles secundarios, aparecería en muchas obras posteriores del
autor; protagonizando Dune nos
encontramos con un joven Kyle Maclachlan (trabajando por primera vez con Lynch),
tan tierno y heroico como en todos los papeles que le seguirían; por último, la
presencia de Everett McGill, el mecánico de Twin
Peaks. Pero, nuevamente, el efecto de los actores es ínfimo con respecto al
efecto que producirían en otras películas: la inocencia de Kyle Maclachlan no
significa nada si no hay un submundo intentando corromperlo; la neurosis de
Jack Nance pasa por alto en una participación tan reducida (muy similar a la
que tendría en Blue Velvet, por
cierto).
Sin embargo, hay ciertos
elementos destacables dentro de un film deslucido. Lo que más me atrajo fue,
por mucho, el aspecto general del lado malvado del universo: la Casa Harkonnen.
Las extravagantes escenas dentro de esa sala verde chillón, las actuaciones
especialmente repugnantes de los malvados y en especial del gordinflón flotante
(sic de mis subtítulos) cuya cutis
adolescente es adorada por su médico, el secuaz apático de onda new wave interpretado por ¡Sting!, los
cuerpos susceptibles de ser desinflados y, en fin, toda la caracterización de
la Casa, son, en mi opinión, el punto álgido del film. Son de remarcar, dicho
sea de paso, otro par de imágenes imponentes, a pesar del desperdicio general
de las posibilidades que ofrecía per se
la trama interplanetaria: el suntuoso recinto del Emperador, la escena en la
cual vemos alistado en contraluz al ejército de Paul Modiba y, especialmente, los discursos multitudinarios de Paul en
ese escenario gigantesco.
Un último grupo de componentes
lyncheanos, acaso algo más sutiles, está conformado por ese sonido espacial aka industrial que
de a ratos recuerda a Eraserhead. Al
bebé de Eraserhead también nos
recuerda el feto monstruoso que aparece ante el Emperador en las primeras
escenas. Por último, y aunque quizás sea una pura alucinación mía, creí
encontrar ciertas reminiscencias de espiritualismo budista en el poder
sobrenatural que ostentan Paul y su madre, especialmente en la energía que
encarna la sonoridad de ciertas palabras, como en un mantra. Es conocido el
interés de Lynch por el budismo y la meditación trascendental, sobre la cual
escribió en su libro Atrapa al pez dorado.
En conclusión, Dune podría ser una película atractiva para
un fanático de David Lynch, pero ni está dentro de sus mejores
creaciones, ni es en sí misma una buena película. Es uno más de los tantos
experimentos que llevó a cabo el director estadounidense, a quien, por suerte,
no le interesan en lo más mínimo opiniones como ésta. Les juro, por otra parte, que me hubiera encantado decir algo mejor y más interesante acerca de la obra de este hombre; pero, ustedes me darán la razón, ni soy capaz de decir algo que aporte a lo que ya ha dicho hace unos cuantos años David Foster Wallace y que pueden leer aquí, ni Dune ha sido la mejor película para alcanzar la inspiración mínima y largarme a escribir impetuosamente. De modo que les dejo esta modesta reseña y, como quien no quiere la cosa, el impagable link al Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer de Wallace que opacará -merecidamente- este texto de mierda.
Obdulio (¡qué zonzo!)
Obdulio (¡qué zonzo!)